Es vital para nuestros hijos que los padres resultemos confiables para ellos, y en esto se incluyen las promesas. Esto no implica cumplir todas las promesas, pero sí un compromiso interno de hacerlo y de respetar a nuestro hijo, quien, aunque sea chico, de todos modos es una persona.

Hay promesas que no se pueden cumplir porque perjudicarían al chico: por ejemplo, si le prometí llevarlo al cine y amanece con fiebre evidentemente no voy a poder cumplir mi promesa. En estos casos, debe primar el bienestar del niño, pero debemos mantener el compromiso de cumplir otras promesas en las que no ocurra lo mismo.

Me interesa pensar en aquellas promesas que hacemos a futuro como modo de evitar que los chicos sufran (“otro día te lo compro”), o, más simplemente, para sacarnos el hijo de encima por un rato (“más tarde lo hacemos”). Cuando sistemáticamente hacemos este tipo de promesas (y no las cumplimos) ellos no pueden confiar en nosotros y tienen que pasar mucho rato controlando, vigilando lo que hacemos o reclamando lo que no hicimos. Si en cambio tenemos un compromiso interno de cumplir con nuestra palabra, los chicos usarán el tiempo de espera para divertirse y disfrutar tranquilos porque “papá me prometió que me buscaba temprano” y sabe que es lo que va a ocurrir. Obviamente puede haber algún inconveniente que no nos permita hacerlo; pero el problema surge cuando siempre o casi siempre hay algo que le impide a papá cumplir, por lo que el hijo no le cree y lo llama a cada rato.

Cuando hacemos estas “falsas” promesas nuestros hijos no se enojan, pero se confunden, ya que no están seguros de qué vaya a ocurrir y tampoco pueden enojarse porque a lo mejor sí ocurre. Por lo tanto, remarquemos lo que se dijo al principio: es importante que asumamos el compromiso de cumplir nuestras promesas: solo así lograremos que nuestros hijos confíen en nuestra palabra.

Artículo cedido por tvcrecer. Se agradece a la Lic. Maritchu Seitún

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