“Se sabe que los chicos con déficit nutricional tienen dificultades para desarrollar sus habilidades intelectuales y motoras, entre otras”, sostiene Marisa Russomando, licenciada en psicología y especialista en crianza, maternidad y familia.

Durante los primeros seis meses lo mejor que puede recibir un hijo es la leche materna debido a que aporta los componentes esenciales para que el cerebro pueda desarrollarse adecuadamente.

“La leche materna contiene, entre otros nutrientes, DHA y ARA, ácidos grasos esenciales que ayudan a las neuronas a crecer en conexiones, estimulan el desarrollo cognitivo y visual y refuerzan el sistema inmunológico”, explica el pediatra.

Dichos ácidos grasos permiten que las neuronas puedan malignizarse. “La mielina es una vaina que las rodea y que asegura que las conexiones entre ellas sean fuertes y funcionen de manera correcta”, agrega.

En el caso de que la madre no pueda amamantar, la elección de la leche de fórmula se convierte en crucial: “debe ser lo más parecida a la leche materna, que no es la de la vaca, que está preparada para terneros y no para seres humanos”, continúa Montes de Oca. 

A partir de los seis meses, cuando el pequeño empieza a incorporar alimentos sólidos en su dieta, el acto de dar de comer es la continuación del vínculo que se establece entre la mamá y el bebé durante la lactancia. “La incorporación de sólidos es un indicio de que el pequeño está creciendo. El momento de la comida es ideal para estimularlo.

Debe ser un rato tranquilo y de atención recíproca donde, además de la presencia materna, todo puede estimular: los utensilios, las texturas, los sabores y los aromas. Es importante que, al menos, una comida diaria se realice con predisposición y atención completa hacia el bebé”, asegura Russomando.